sábado, 12 de julio de 2014

Pichuco por cien

Por Rubén Fiorentino
Confieso que estábamos más que impacientes por concretar el acto institucional de la víspera. En otras oportunidades habíamos traspuesto con el mismo fin la frontera que nos separa de la “Reina del Plata”, la Avenida General Paz, pero esta era especial. Cuando nos constituimos orgánicamente como entidad estaba entre los objetivos fundacionales el “homenaje a la larga pléyade de creadores” y justamente el adjetivo le caía a las mil maravillas a este referente que precisamente ese día, 11 de Julio, conmemoraba la centuria de su natalicio. 
Estuvimos años antes en el Anexo del Congreso de la Nación cuando, por iniciativa del diputado Ávalos, de larga tradición folklórica, se instituía el Día Nacional del Bandoneón y algunos de nosotros, caso de Héctor Moyano, mi hijo Esteban y quien esto les escribe reincidíamos en la asistencia porque juzgábamos ésta como una ocasión singular e irrepetible. 

Otros, como Jorge Gatti, Primo Antonio, Laureano Castaño, Carlos Adrián Ramos, Mario Calónico, Roberto Cerquides, el cantor Jorge Villar, presidente del Club Sarmiento de Olivos, vecinos, etc. se agregaban para testimoniar su admiración para “El bandoneón mayor de Buenos Aires”. Cabe destacar la amable disposición del joven propietario del inmueble de Soler 3280, Agustín Pérez Fernández que además de su consentimiento para colocar la placa en el frente de su propiedad nos ofreció su inestimable hospitalidad para que pudiésemos concretar a satisfacción el acto. 






Era tal la "buena onda" que, sospechamos, el espíritu troileano desplegó su duende en un hecho puntual, curioso y único, como dándonos su guiño de confianza. Minutos antes del acto, mientras aguardábamos que se cumpliera la hora estipulada, la cinta adhesiva que sostenía al lienzo que cubría temporalmente la placa comenzó a despegarse... Advertimos la situación por la insistente mirada de un transeúnte ocasional, al que no pudimos identificar.  Mientras dudábamos dónde había quedado el resto de cinta que habíamos traído, este anónimo peregrino, ágil de reflejos,  viendo que la original se había despegado, sacó de su bolso de “laburante” un rollo de cinta de embalar subsanando el imprevisto y, saludándonos por la iniciativa, se perdió en la oscuridad de la noche... 

Desde la habitación contigua a la vereda sonaban como nunca los compases de “Quejas de Bandoneón” ejecutados con maestría por el “que siempre está llegando”.  En ese instante, con algún minuto de demora al tiempo previsto, Jorge Gatti fundamentaba la colocación de nuestro testimonio en este lugar puntual de Buenos Aires donde el homenajeado viviera tantos años de su vida, después del fallecimiento de su progenitor.







De alguna manera este tributo a Pichuco planeado por este Centro Cultural era un homenaje desde los poetas, la misma placa que perpetuará su paso por dicha vivienda lo establece al recoger un fragmento de un poema de Héctor Gagliardi que lo asocia indisolublemente a dicho inmueble.  Es por ello que las palabras alusivas tuvieron más que ver con un reflejo de lo que su figura inspiró y su legado.
Le tocó el turno al poeta Carlos Adrián Ramos, especialista en poesía Haiku, quien adaptó esa forma literaria oriental al estilo porteño calificándola como trietos de Buenos Aires, dedicándole varios de ellos, especialmente escritos para esta fecha tan cara a nuestro sentimiento por el magistral “gordo”. 

















Por fin tuve el honor de cerrar recitando para los presentes esa joya de la literatura lunfarda que es “El bandoneón mayor de Buenos Aires” escrita por el inolvidable Julián Centeya.






Llegó después el tirar de las cintas argentinas cosidas al lienzo, responsabilidad que nos cupo al Sr. Agustín Pérez Fernández y su madre, la señora Marta Cervone, al presidente de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos y Cultural “Dante Alighieri” de San Isidro, Mario Calónico, al poeta Carlos Adrián Ramos,  al Socio de Honor del Centro Cultural del Tango Zona Norte, Primo Antonio y al Sr. Héctor Moyano y a mí, Rubén Fiorentino en calidad de protesorero y presidente, respectivamente, de la entidad que nos cobija.


Vinieron después la aparición ante los ojos de los presentes de un fragmento de aquel poema de Héctor Gagliardi que ubicaba para los tiempos a nuestro homenajeado en ese rincón de la metrópoli, las imágenes capturadas por Esteban Fiorentino y Jorge Villar con sus cámaras, los saludos de rigor y el inmenso regocijo de haber realizado un acto de absoluta justicia para quien escribiera su nombre con letras de oro en el firmamento tanguero Aníbal Carmelo Troilo.













-Recuerdos...



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